Capítulo dos: talking about music is like dancing about architecture.
Talking about music is like dancing about architecture. Hablar de música es como bailar de arquitectura. Frase de autoría en disputa, pero, qué importa quién la dijo, la frase es provocadora.
Hablar de música tiene el mismo riesgo que hablar de humor, al poner estos objetos en el mesón de disección en parte los estamos matando. Habrá entonces que tener nuestros resguardos, y, de una u otra forma, contemplarla al mismo tiempo que la invocamos y la traemos a la vida. Tal vez sea posible hacer del palabreo un canto poético, que se confunda con una canción.
Además, estudiar algo es una forma de amarlo, al menos en un diccionario de latín, en la última acepción de studeo (yo estudio), aparece como sinónimo amar. Así que mientras estudiamos música la estamos amando.
Y es que no nos queda otra, hay hambre de sentido, de conceptualizar. Las palabras quieren atrapar la realidad. Y aunque intuyo que la música es más grande que las palabras, no puedo, al menos de momento, simplemente guardar silencio. Quiero hablar de ella.
Metámonos de zopetón en las patas de los caballos. Vámonos al Tao. Comienza el libro diciendo: El verdadero Tao no es aquel del que se pueda hablar. Y, acto seguido, procede a hablar del Tao. Un acto de contradicción pura. ¿Una broma, una paradoja?
Y aquí estamos jugando a la misma cuestión. Palabriando y palabriando la cháchara cuando tal vez deberíamos simplemente cerrar la boca y abrir los oídos.
Pero, otra vez, pobres mortales con una cabeza arriba del corazón.
Vamos a establecer algunas cuestiones dogmáticas, de momento no me interesa justificar nada. Solo establecer una tesis que iremos tratando de explicar en lo sucesivo.
Primero el silencio.
Después la música.
Y al final las palabras.
Aunque las tres cosas se mezclan y se me hace todo bien enredado. De ahí el llamado a filosofar, de tratar de dar orden a la confusión.
Apoyémonos en uno que algo sabía. En una carta al poeta alemán Goethe, escribe Elizabeth Brentano, quien además, era amiga nada menos que de Beethoven. Según Brentano, estas fueron las palabras del compositor:
“Cuando abro los ojos debo suspirar, pues lo que veo es contrario a mi religión, y debo despreciar el mundo, que no sabe que la música es una revelación más alta que toda sabiduría y toda filosofía; el vino que inspira al hombre hacia nuevos procesos creadores. Y yo soy el Baco que exprime este glorioso vino para la humanidad y la embriaga espiritualmente. Cuando vuelven a estar sobrios, han extraído del mar todo lo que trajeron consigo y todo lo que pueden llevar consigo a tierra firme.
No tengo un solo amigo; debo vivir solo. Pero sé muy bien que Dios está más cerca de mí que de otros artistas; me relaciono con Él sin temor. Siempre lo he reconocido y comprendido, y no temo por mi música: no puede correr una suerte funesta. Quienes la comprendan deberán ser liberados por ella de todas las miserias que los demás arrastran consigo”
Brentano, Viena, 28 de mayo, carta a Goethe.
Y esto ya es mucho, ¿no? La música es una revelación más alta que toda sabiduría y filosofía. ¿Qué responden los cientificistas, qué responden los que ponen al cálculo racional en la cúspide de la pirámide de las capacidades humanas? ¿Qué responden los que relegan a la música como un decorado intrascendente?
Si Beethoven tiene razón, habrá que repensar todo.
Empezar a reconocer,
otra materia musical,
más allá de la que alguna vez has pensado,
Música en las palabras,
Música en el movimiento,
Música en el sentimiento,
Música en el silencio.
Una metafísica musical, la música como una experiencia que atraviesa la realidad toda.
Traigamos a otro que algo también sabía, aunque predicaba no saber nada.
En el Fedón de Platón, Sócrates es interpelado y le preguntan por el motivo que le ha llevado a versificar unas fábulas de Esopo:
“Lo hago por experimentar qué significaban ciertos sueños y por purificarme, por si acaso ésa era la música que muchas veces me ordenaban componer. Pues las cosas eran del modo siguiente. Visitándome muchas veces el mismo sueño en mi vida pasada, que se mostraba, unas veces, en una apariencia y, otras, en otras, decía el mismo consejo, con estas palabras: «¡Sócrates, haz música y aplícate a ello!» (‘ὦ Σώκρατες,’ ἔφη, ‘μουσικὴν ποίει καὶ ἐργάζου.’) Y yo, en mi vida pasada, creía que el sueño me exhortaba y animaba a lo que precisamente yo hacía, como los que animan a los corredores, y a mí también el sueño me animaba a eso que yo practicaba, hacer música, en la convicción de que la filosofía era la más alta música, (ὡς φιλοσοφίας μὲν οὔσης μεγίστης μουσικῆς) y que yo la practicaba. Pero ahora, después de que tuvo lugar el juicio y la fiesta del dios retardó mi muerte, me pareció que era preciso, por si acaso el sueño me ordenaba repetidamente componer esa música popular, no desobedecerlo, sino hacerla εἰ ἄρα πολλάκις μοι προστάττοι τὸ ἐνύπνιον ταύτην τὴν δημώδη μουσικὴν ποιεῖν, μὴ ἀπειθῆσαι αὐτῷ ἀλλὰ ποιεῖν” (Platón, Fedón, 60e-61).
Sócrates está en la cárcel, dudando, como siempre, entregado al canto del cisne que siente la muerte cerca. Mientras Beethoven dice que la música es una revelación superior a cualquier filosofía, Sócrates sostiene que la filosofía es la más alta música.
¿Qué revela la música, Beethoven?
¿Cómo canta la filosofía, Sócrates?
Además de una filosofía de la música, la búsqueda también está en una filosofía musical. Donde el mismo discurso se transforma en ritmo, en melodía y en baile.
Vengo a cantar, consciente de las confusiones, del palabreo que no alcanza. Sembrando preguntas para decantarlas con paciencia. En el camino de Pitágoras, Platón y Boecio. Traer de vuelta una filosofía que se reconoce a sí misma como música, hija predilecta de las musas. Hambrienta de la música callada.
Me muerdo la lengua entonces, el resto, por hoy, es silencio.
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